Guerra y Paz
Guerra y Paz El príncipe Andréi salió y se acercó de nuevo a su hermana. Ambos se pusieron a hablar en voz baja; pero a cada momento interrumpían la conversación: esperaban y aguzaban el oído.
—Allez, mon ami— dijo la princesa María.
El príncipe Andréi se acercó de nuevo a la habitación de su mujer; se puso a esperar en una salita pequeña donde tomó asiento. Una mujer salió de allí con rostro demudado y se paró confusa al verlo. El príncipe escondió la cara entre las manos y permaneció así durante algunos minutos. A través de la puerta llegaban gritos desgarradores y quejidos lastimeros de animal indefenso. Se levantó; se acercó a la puerta y quiso abrirla. Alguien se lo impidió.
—No se puede, no se puede— dijo una voz atemorizada desde la habitación.
El príncipe empezó a pasear por la sala. Los gritos cesaron. Pasaron algunos segundos. De pronto resonó en la habitación vecina un grito terrible —no era suyo, ella no podía gritar así.
El príncipe corrió a la puerta. El grito cesó y se oyeron los vagidos de un niño.
“¿Por qué han traído aquí a un niño? —pensó el príncipe Andréi en el primer instante—. ¿Un niño? Pero ¿cuál?… ¿Es que ya ha nacido?”