Guerra y Paz
Guerra y Paz Los bailes de Joguel tenían fama de ser los mejores de Moscú. Así lo aseguraban las madres que se sentaban a contemplar los pasos que sus adolescentes acababan de aprender. Lo decían los mismos adolescents, que bailaban hasta no poder más, igual que los jóvenes algo mayores que se acercaban allí con cierto aire de condescendencia y acababan por divertirse más que en ningún otro sitio. Aquel año, en los bailes de Joguel se habían arreglado dos matrimonios: las dos bellas princesas Gorchakov habían conocido allí a sus novios, lo que realzó aún más el prestigio de aquellas fiestas. Tenían éstas un rasgo especial: allí no había dueña ni dueño de la casa; no había más que el bondadoso Joguel, que volaba como una pluma y hacía reverencias de acuerdo con todas las reglas del arte, y recibía vales de entrada de todos sus alumnos. Otra condición era que en esos bailes participaban tan sólo aquellos que deseaban bailar y divertirse, como lo quieren las muchachitas de trece y catorce años que por primera vez visten de largo. Todas, con muy raras excepciones, eran bonitas o al menos lo parecían: tal era el entusiasmo de su sonrisa y la felicidad que les brillaba en los ojos. A veces, los alumnos más aventajados llegaban a bailar el pas de châle. Eso hacía Natasha, la mejor de todas, que se distinguía por su gracia. Pero en esta última fiesta no se danzaban más que escocesas, inglesas y la mazurca, hacía poco puesta de moda. Joguel había alquilado una sala en casa de Bezújov y, a decir de todos, la fiesta fue un éxito. Había jóvenes muy bellas, y las señoritas Rostov estaban entre ellas. Ambas irradiaban felicidad y alegría. Sonia, orgullosa por la declaración de Dólojov, por su negativa y por la explicación que había tenido con Nikolái, había comenzado a bailar ya en casa, sin dejar que la doncella terminara de peinarle las trenzas, y ahora estaba radiante de alegría.
