Guerra y Paz
Guerra y Paz Hora y media más tarde, la mayoría de los jugadores ya no tomaban en serio su propio juego.
Todo el interés estaba concentrado en Rostov. Una larga columna de cifras había sustituido en su cuenta a los mil seiscientos rublos de antes. Nikolái había contado hasta diez mil, pero suponía vagamente que la cifra debía de remontarse ya a quince mil rublos. En realidad, pasaba de veinte mil. Dólojov no escuchaba ya a nadie ni contaba historias; seguía cada movimiento de las manos de Rostov y, de vez en cuando, recorría con la vista los números consignados. Tenía el propósito de seguir el juego hasta alcanzar los cuarenta y tres mil rublos; había escogido esa cifra porque los años de Sonia y los suyos sumaban en total cuarenta y tres. Rostov, con la cabeza apoyada en las manos, permanecía sentado ante la mesa llena de anotaciones, naipes y manchada de vino. No podía librarse de la torturada visión de aquellas manos, en cuyo poder estaba, esas manos rojizas, de huesos anchos, con el vello que asomaba por debajo de la camisa, las manos que amaba y odiaba.
