Guerra y Paz
Guerra y Paz Decir “mañana” y mantenerse digno no era difícil; pero volver solo a casa, ver a las hermanas, a los padres, confesarlo todo y pedir dinero al que no se tiene derecho, después de la palabra empeñada, era terrible.
En casa nadie dormía aún. Los jóvenes, después del teatro y de la cena, se habían sentado en la sala en torno al clavicordio. En cuanto entró Nikolái se vio envuelto por la atmósfera de amor y poesía que imperaba aquel invierno en la casa, y que ahora, después de la petición de Dólojov y el baile de Joguel, parecía haberse concentrado aún más sobre Natasha y Sonia como el aire antes de una tormenta. Las dos, con los vestidos azules que llevaron en el baile, graciosas y felices, sonreían junto al clavicordio. Vera y Shinshin jugaban al ajedrez en la sala; la vieja condesa, que esperaba al hijo y al marido, hacía un solitario, acompañada por una anciana dama, noble y pobre, que vivía con ellos. Denísov, con los ojos brillantes y el cabello en desorden, estaba al clavicordio con una pierna echada hacia atrás: sus cortos dedos golpeaban rítmicamente el teclado y, con los ojos entornados, voz ronca, pero entonada, cantaba unos versos, compuestos por él mismo, titulados “La hechicera”, a los que trataba de poner música.
Dime, hechicera, ¿qué fuerza me arrastra
hacia los abandonados acordes?
¿Qué fuego has encendido en mi pecho?
