Guerra y Paz
Guerra y Paz Hacía tiempo que la música no proporcionaba a Rostov un placer semejante. Pero apenas terminó Natasha su barcarola, recordó de nuevo la realidad. Sin decir nada salió de la sala y se retiró a su habitación. Un cuarto de hora después el viejo conde, alegre y satisfecho, volvía del club. Nikolái, que lo oyó entrar, fue a verlo.
—Qué, ¿te has divertido?— preguntó Iliá Andréievich, sonriendo alegre y orgulloso al ver a su hijo.
Nikolái quiso decir sí, que se había divertido mucho; pero no pudo. A punto estuvo de romper en sollozos. El conde encendía la pipa y no se dio cuenta del estado de su hijo. “¡Oh, es inevitable!”, pensó Nikolái, por primera y última vez. Y con el tono más indiferente, que a él mismo le resultó repulsivo, como si pidiera el coche para ir a alguna parte, dijo a su padre:
—Papá, he venido para hablar con usted y casi me olvido. Necesito dinero.
—¿De veras?— dijo el padre, que se hallaba particularmente alegre. —Ya te dije que no tendrías bastante. ¿Necesitas mucho?
—Mucho— dijo Nikolái ruborizándose con una sonrisa estúpida y desenvuelta que, después, durante mucho tiempo, no pudo perdonarse. —He perdido a las cartas algún dinero, es decir, mucho, muchísimo, cuarenta y tres mil rublos.
