Guerra y Paz

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VIII

Todos quedaron en silencio. La condesa miraba a la visitante con una amable sonrisa, sin ocultar, no obstante, que no sentiría nada si se levantara y se fuese. La hija se ajustaba ya el vestido, mirando interrogativamente a la madre, cuando en la habitación vecina se oyó correr hacia la puerta del salón a varias personas y el estruendo de una silla alcanzada y derribada. Irrumpió en el salón una niña de trece años, más o menos, llevando algo envuelto en su corta falda de muselina, y se detuvo en medio de la estancia. Era evidente que estaba allí por pura casualidad, por no haber calculado el impulso de la carrera. Casi al mismo tiempo aparecieron en la puerta un estudiante con su uniforme de cuello color frambuesa, un oficial de la Guardia, una jovencita de quince años y un muchachito regordete, sonrosado, que vestía chaqueta de niño.

El conde se puso en pie y, balanceándose, abrió los brazos como para acoger a la niña que entró corriendo.

—¡Aquí la tenéis!— exclamó riendo. —¡Hoy es su fiesta, ma chère, su fiesta!

—Ma chère, il y a un temps pour tout[70]— dijo la condesa, fingiendo enfado. —Tú la mimas demasiado, Elie— añadió, volviéndose al marido.

—Bonjour, ma chère, je vous félicite— dijo la visitante. —Quelle délicieuse enfant!— añadió dirigiéndose a la madre.


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