Guerra y Paz

Guerra y Paz

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La niña, más bien fea, pero muy vivaz, tenía los ojos negros, la boca grande y llevaba desnudos los hombros infantiles, escapados del corpiño por la rápida carrera que había alborotado sus bucles negros echándolos hacia atrás; los brazos, al desnudo, también eran delgados y sus piernas enfundadas en pantalones de encaje dejaban al descubierto unos pies pequeños calzados con escarpines; estaba en esa edad encantadora en que la jovencita ya no es una niña y la niña no se ha convertido aún en una joven. Esquivando al padre, se dirigió hacia su madre y, sin prestar atención a sus severas observaciones, escondió el rostro enrojecido en los encajes de su mantilla y se echó a reír. Reía por algo, hablando entre risas de la muñeca que acababa de sacar de debajo de la falda.

—¿Ve?… la muñeca… Mimí… mire— y no pudiendo decir más (tan cómica le parecía la situación), Natasha cayó sobre su madre y estalló en una risa tan fuerte y sonora que todos, hasta la ceremoniosa visitante, rieron.

—Ea, vete, vete con tu monstruo— dijo la madre, apartándola y fingiendo enfado; y agregó, volviéndose a la visita: —Es mi hija menor.

Natasha levantó por un momento el rostro de la mantilla de su madre, la miró desde arriba, llenos los ojos de lagrimas por la risa, y volvió a esconderlo.


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