Guerra y Paz
Guerra y Paz Por la tarde el prÃncipe Andréi y Pierre tomaron el coche y se dirigieron a Lisie-Gori. El prÃncipe miraba a Pierre y de vez en cuando rompÃa el silencio con frases que denunciaban su buen humor.
Le mostraba los campos y le contaba sus perfeccionamientos agrÃcolas.
Pierre callaba, taciturno; sólo respondÃa con monosÃlabos y parecÃa abstraÃdo en sus pensamientos.
Pensaba que el prÃncipe Andréi no era feliz, que estaba confundido y no conocÃa la verdadera luz; y que él, Pierre, debÃa ayudarlo, iluminarlo y elevar su espÃritu. Pero cuando pensaba en lo que iba a decir, presentÃa que el prÃncipe Andréi, con una palabra, con un solo argumento, destruirÃa toda su doctrina. Por eso le daba miedo comenzar. TemÃa que su amigo pudiera burlarse de lo que para él era lo más sagrado.
—Pero, ¿por qué piensa asÃ?— dijo de improviso, bajando la cabeza y tomando la actitud del toro que se prepara a embestir. —No debe pensar asÃ.
—¿En qué piensas?— preguntó el prÃncipe Andréi, sorprendido.
—En la vida, en el destino del hombre. Eso no puede ser. También yo pensaba asÃ, pero me ha salvado, ¿sabe qué?, la masonerÃa. No, no sonrÃa. La masonerÃa no es una secta religiosa, de ritos, como pensaba antes; es la expresión única y perfecta de los aspectos mejores y eternos de la humanidad.