Guerra y Paz

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—Visitemos ahora a mi hermana— dijo a Pierre una vez que hubo vuelto. —Todavía no la he visto. A estas horas procura esconderse y está con su gente de Dios. Se avergonzará, pero que se aguante; así tendrás ocasión de verlos. C'est curieux, ma parole.[275]

—¿Qu'est-ce que c'est que esa gente de Dios?— preguntó Pierre.

—Ahora lo verás.

Efectivamente, la princesa María se ruborizó, su rostro se cubrió de manchas y se mostró turbada cuando entraron. En el diván de la acogedora habitación con lamparillas encendidas ante los iconos y un samovar sobre la mesa estaba sentado junto a la princesa un hombre joven de nariz larga y larga cabellera, vestido con hábitos monacales.

En el sillón próximo había tomado asiento una viejecilla flaca y arrugada, de dulce rostro infantil.

—André, pourquoi ne m'avoir pas prévenue?[276]— le reprochó afectuosamente la princesa, poniéndose delante de los peregrinos como una clueca en defensa de sus polluelos. Cuando Pierre le besó la mano, le dijo: —Charmée de vous voir. Je suis très contente de vous voir.[277]


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