Guerra y Paz
Guerra y Paz Atravesaron el pasillo y el enfermero introdujo a Rostov en la sección de oficiales, formada por tres habitaciones cuyas puertas estaban abiertas. Los oficiales, heridos o enfermos, estaban echados o sentados en las camas. Algunos, con la ropa del hospital, se paseaban por las habitaciones. La primera persona que Rostov vio al entrar fue un hombrecillo menudo y manco, vestido con el gorro y el batín del hospital; fumaba su pipa y paseaba por la estancia. Rostov lo miró, tratando de recordar dónde lo había visto antes.
—Ya ve dónde Dios deparó que nos volviéramos a ver— dijo el hombrecillo. —Soy Tushin, Tushin. ¿Se acuerda? Lo llevé a usted en Schoengraben. Me han cortado un pedazo, mire— y sonrió mostrándole la manga vacía. —¿Busca a Vasili Dmítrievich Denísov? Somos compañeros de habitación— prosiguió al saber a quién buscaba Rostov. —Está aquí, aquí— y lo condujo a la otra habitación, donde resonaban voces y risas.
“¿Cómo pueden no ya reír, sino vivir aquí?”, pensó Rostov, sintiendo aún aquel olor a muerto del que se había impregnado en la sección de los soldados, recordando las envidiosas miradas que lo habían seguido desde todas partes y el rostro del joven soldado muerto, con los ojos en blanco.
Denísov dormía en su lecho con la cabeza metida en la manta, a pesar de que eran cerca de las doce.