Guerra y Paz
Guerra y Paz —¡Ah, Rostov! ¡Hola, hola, buenos dÃas!— gritó con el mismo tono que usaba en el regimiento.
Pero Rostov observó con tristeza que tras la habitual desenvoltura y animación, en la expresión de su rostro y en las palabras de su amigo asomaba un sentimiento nuevo, oculto y malévolo.
Su herida, aunque leve, no habÃa cicatrizado aún, a pesar de haber transcurrido ya seis semanas. Su rostro estaba hinchado y pálido como el de los demás hospitalizados. Pero no era eso lo que llamó la atención de Rostov: le asombró sobre todo que DenÃsov no pareciera alegrarse por su visita; sonreÃa artificialmente y no preguntó ni por el regimiento ni por la situación general. Cuando Rostov le habló de ello, no lo escuchó siquiera.