Guerra y Paz
Guerra y Paz El coche dejó atrás la barca donde había dialogado con Pierre el año anterior, la aldea sucia, las eras, los campos verdes, la bajada con nieve todavía junto al puente, la subida por el camino de arcilla fangosa, las sementeras alternadas con matorrales, y después entró en un bosque de abedules que bordeaba los dos lados del camino. El calor era allí más intenso por la ausencia casi total de viento. Los abedules, con sus hojas verdes y pegajosas, no se movían; y en el suelo, entre las hojas del año anterior, surgían, levantándolas, tallos de verde hierba y las primeras florecillas liláceas. Dispersos entre los abedules, pequeños abetos, con su tosco verde perenne, eran un recuerdo desagradable del invierno. Los caballos resoplaron al entrar en el bosque y se cubrieron de sudor. Piotr, el lacayo, dijo unas palabras al cochero, a las que éste respondió afirmativamente; pero el asentimiento del cochero no debía bastar a Piotr, porque desde el pescante se volvió hacia su amo:
—¡Qué bien se respira aquí, Excelencia!— dijo, sonriendo respetuosamente.
—¿Cómo?
—Que se respira muy bien, Excelencia.