La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

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Pasaron dos semanas más. Iván Ilich ya no se levantaba del sofá. No quería quedarse en la cama, por eso pasaba el día echado en el sofá, casi siempre de cara a la pared, soportando en soledad los mismos sufrimientos insoslayables, dándole vueltas en soledad al mismo pensamiento insoslayable. ¿Qué era eso? ¿Era posible que fuera de verdad la muerte? Y una voz interior le respondía: sí, es verdad. ¿Y por qué razón le acosaban tantos tormentos? Y la misma voz le respondía: por nada, porque sí. Más allá de esas cuestiones no había nada.

Desde el inicio mismo de la enfermedad, desde el momento de la primera visita de Iván Ilich al médico, su vida se había caracterizado por la alternancia de dos estados de ánimo opuestos: por un lado, la desesperación y la espera de una muerte incomprensible y atroz; por otro, la esperanza y la obsesiva observación de la actividad de su propio cuerpo. Tan pronto se perdía en consideraciones sobre el riñón o el intestino, que de vez en cuando no cumplían con las funciones que les estaban encomendadas, como no se ocupaba de otra cosa que de esa muerte incomprensible y atroz, de la que no había modo alguno de escapar.


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