La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Fue entonces cuando comenzó ese grito, que duró tres días seguidos sin interrupción, tan terrible que no era posible escucharlo a dos puertas de distancia sin quedar horrorizado. En el instante en que había respondido a su mujer, había comprendido que estaba perdido, que no había punto de retorno, que había llegado el final, el final de los finales, y que las dudas no se habían resuelto y quedarían sin resolver.
—¡Oh, oh, oh! —gritaba con distintas entonaciones—. Había empezado a gritar: «No quiero», y había seguido solo con la última letra.
A lo largo de esos tres días, en cuyo transcurso no existió el tiempo para él, Iván Ilich se debatió en ese saco negro en el que lo había metido aquella fuerza invisible e irresistible. Se agitaba como lo hace el condenado a muerte en manos del verdugo, sabiendo que no hay escapatoria posible. Y a cada instante sentía que, a pesar de los esfuerzos que hacía por oponerse, se acercaba más y más a ese desenlace que tanto le aterrorizaba. Comprendía que su tormento consistía no solo en que lo hubieran arrojado a ese agujero oscuro, sino, aún más, en que no acababa de entrar del todo en él. Se lo impedía el convencimiento de que su vida había sido ejemplar. Esa justificación de su vida era lo que le mantenía encadenado, le impedía avanzar y le atormentaba más que ninguna otra cosa.
