La Muerte de Ivan Ilich

La Muerte de Ivan Ilich

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Había una cosita, una cosita de nada, en el intestino ciego. Y se podía curar. Había que reforzar la energía de un órgano, disminuir la actividad de otro, entonces se produciría una reabsorción y todo se arreglaría. Iván Ilich llegó un poco tarde a la cena. Comió y charló alegremente un buen rato, antes de retirarse a trabajar. Una vez en el despacho, se puso inmediatamente manos a la obra. Leyó expedientes, repasó documentos, pero la conciencia de que tenía pendiente un asunto personal muy importante, del que se ocuparía cuando acabara, no le abandonó ni un instante. Una vez finalizadas las tareas, se acordó de que ese asunto personal consistía en reflexionar sobre el intestino ciego. Pero, en lugar de perderse en conjeturas, pasó al salón para tomar el té. Se habían reunido algunos invitados que charlaban, tocaban el piano y cantaban. Entre ellos se encontraba el juez de instrucción, ansiado pretendiente de la hija. Como no dejó de advertir Praskovia Fiódorovna, Iván Ilich se mostró mucho más animado que los demás en el transcurso de toda la velada, aunque no olvidó en ningún instante que le estaba esperando aquel importante y personal tema de reflexión: el intestino ciego. A las once se despidió y se retiró a sus aposentos. Desde que se había puesto enfermo dormía solo, en un cuarto pequeño anejo al despacho. Una vez allí, se desvistió y cogió una novela de Zola, pero, en lugar de ponerse a leer, se quedó pensativo. Y con los ojos de la imaginación vio cómo se producía la tan deseada curación de su intestino ciego. Primero una absorción, luego una eliminación y finalmente el restablecimiento de la actividad normal. «Sí, así es —se dijo—. Pero hay que ayudar a la naturaleza». Entonces se acordó del medicamento, se incorporó y lo tomó. A continuación se tumbó de espaldas y concentró toda su atención en los efectos benéficos de la medicina, en el modo en que eliminaba el dolor. «Lo único que hay que hacer es tomarla con regularidad y evitar las influencias perniciosas. Ya me siento un poco mejor, mucho mejor». Se palpó el costado y no sintió ningún daño. «Sí, es verdad, ya no lo siento, estoy mucho mejor». Apagó la vela y se echó de lado… El intestino ciego se curaría, se produciría la reabsorción. Pero de pronto advirtió ese dolor sordo y lacerante, antiguo y familiar, obstinado, silencioso y profundo. Y el mismo mal sabor de boca. Se le encogió el corazón, la cabeza le dio vueltas. «¡Dios mío, Dios mío! —dijo—. Ya está ahí otra vez. Ya está ahí. No me dejará nunca». Y de pronto todo el asunto se le presentó bajo una luz completamente distinta. «¡El intestino ciego! ¡El riñón! —se dijo—. No se trata ni de una cosa ni de la otra, sino de la vida y… la muerte. Antes en mi cuerpo habitaba la vida, ahora huye, se marcha y no puedo retenerla. Sí. No tiene ningún sentido seguir engañándome. ¿Acaso no es evidente para todos, menos para mí, que me estoy muriendo? La única cuestión relevante es cuántas semanas o días me quedan. Puedo morirme ahora mismo. Antes me rodeaba la luz; ahora, las sombras. Hasta hace poco estaba aquí; pronto me iré allá. ¿Allá? ¿Dónde es allá?». Se sintió transido de frío, se le cortó la respiración. Lo único que oía eran los latidos de su corazón.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker