La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Praskovia Fiódorovna salió y volvió al poco rato con una vela. Él seguía echado, la respiración afanosa, acelerada, como la de un hombre que acaba de correr un kilómetro, y la miraba fijamente.

—¿Qué tienes, Jean?
—Na… da. Se… ha… ca… í… do. —«¿Qué puedo decirle? No iba a entenderlo», pensó.
Y lo cierto es que Praskovia Fiódorovna no acababa de entender. Levantó la mesita, encendió la vela y salió a toda prisa: tenía que acompañar hasta la puerta a otro invitado.
Cuando regresó, él seguía en la misma postura, con la mirada vuelta hacia el techo.
—¿Qué te pasa? ¿Estás peor?
—Sí.
Ella movió la cabeza y se sentó.
—Mira, Jean, creo que deberíamos pedirle a Leschetitski que pase a verte.
Es decir, le estaba proponiendo que un médico famoso le visitara en casa, sin escatimar en gastos. Iván Ilich esbozó una sonrisa sarcástica y respondió que no. Praskovia Fiódorovna se quedó sentada un rato, luego se acercó a él y le besó en la frente.
En ese momento Iván Ilich la odió con toda su alma y tuvo que hacer un esfuerzo para no apartarla.
—Buenas noches. Quiera Dios que puedas dormir.