La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Se esforzaba por convocar, uno detrás de otro, pensamientos que pudieran sustituirlo, con la esperanza de encontrar en ellos algún apoyo. Se esforzaba por recobrar sus antiguas líneas de pensamiento, esas que antes le habían ocultado la idea de la muerte. Pero, cosa extraña, las mismas reflexiones que antes tapaban, escondían y anulaban la conciencia de la muerte, ahora se mostraban incapaces de producir tal efecto. Últimamente Iván Ilich había pasado la mayor parte del tiempo intentando recuperar esos mecanismos interiores que hasta entonces le habían enmascarado la idea de la muerte. Y entonces se decía: «Me consagraré a mis actividades; antes me iba bien así». Y se marchaba al Palacio de Justicia, apartando cualquier duda que pudiera sobrevenirle, entablaba conversaciones con sus colegas, tomaba asiento con aire distraído, según acostumbraba desde tiempo inmemorial, dirigía una mirada pensativa al público y, apoyando las manos descarnadas en los brazos del sillón de roble, se inclinaba hacia su colega, como solía hacer, le acercaba el expediente, intercambiaba unas palabras en voz baja, y luego, de improviso, levantaba la vista, se erguía en su asiento, pronunciaba las fórmulas de rigor y la causa daba comienzo. Pero de pronto, en mitad de la sesión, su dolor en el costado, sin la menor consideración por la fase en la que se encontraba el proceso, daba comienzo a su propia causa, que no era otra que irle royendo poco a poco. Iván Ilich redoblaba la atención, rechazaba la idea de su presencia, pero él seguía a lo suyo, y entonces aparecía ella, se plantaba allí delante y lo miraba, y él se quedaba petrificado, se le apagaba la luz de los ojos y empezaba de nuevo a preguntarse: «¿Será ella la única verdad?». Y tanto los colegas como los subordinados veían con estupor y pesar cómo Iván Ilich, un juez tan brillante y sutil, se confundía y cometía errores. Se estremecía, trataba de recobrarse y mal que bien conseguía llevar la causa hasta el final. Luego volvía a casa con la triste conciencia de que su actividad de juez ya no le permitía ocultar, como antes, lo que quería ocultarse; que su labor profesional ya no le permitía desembarazarse de ella. Y lo peor de todo era que ella le imponía su presencia no para que hiciera algo, sino solo para que la contemplara, para que la mirara directamente a los ojos, y sin hacer nada, fuera presa de unos sufrimientos espantosos.