La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Delante de la puerta principal del edificio se habían detenido un coche particular y dos de punto. Abajo, en la antecámara, a un lado del perchero, apoyada en la pared, se alzaba la tapa del ataúd, revestida de brocado, con sus borlas y su galón lustrado con unos polvillos. Dos señoras vestidas de negro se estaban quitando los abrigos de pieles. A una de ellas la conocía: era la hermana de Iván Ilich; a la otra no la había visto nunca. Un colega de Piotr Ivánovich llamado Schwartz bajaba del piso de arriba; al reparar en el recién llegado, ya en el peldaño superior, se detuvo y le guiñó el ojo, como diciéndole: «Menuda la que ha armado Iván Ilich; menos mal que nosotros no somos así».
El rostro de Schwartz, con patillas a la inglesa, así como su enjuta figura, enfundada en el frac, irradiaba, como de costumbre, una elegancia solemne, que tan poco cuadraba con su carácter liviano, y que en las presentes circunstancias destacaba de una manera especial, o así se lo pareció a Piotr Ivánovich.
