La Muerte de Ivan Ilich
La Muerte de Ivan Ilich Era por la mañana. Pero solo porque Guerásim se había marchado y había llegado el criado Piotr, que había apagado las velas y, tras descorrer una de las cortinas, se había puesto a ordenar un poco la habitación sin hacer ruido. Qué más daba que fuera por la mañana o por la tarde, viernes o domingo, era todo lo mismo, siempre lo mismo: un dolor sordo y lacerante, que no remitía ni un momento; la conciencia de que la vida se marchaba inexorablemente, pero que aún no se había ido del todo; la cercanía cada vez más angustiosa de la muerte terrible y odiosa, que era la única realidad, y siempre la misma mentira. ¿Qué podían importarle, en tales circunstancias, los días, las semanas y las horas de cada jornada?
—¿Quiere que le traiga el té?
«Tiene necesidad de orden, necesita que los señores beban té por la mañana», pensó, pero se limitó a decir:

—No.
—¿Desea que le lleve al sofá?
«Necesita arreglar la habitación y le molesto. Yo represento la suciedad y el desorden», pensó, pero se limitó a decir:
—No, déjame.
El criado siguió trajinando. Iván Ilich extendió el brazo. Piotr se acercó solícito.
