La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

II

En ese momento, a nuestras espaldas, se oyeron las campanillas de varias troikas que rápidamente nos alcanzaron.

—Es la campana de la del correo —dijo mi cochero—, sólo hay una así en toda la estación.

Y, era cierto, el sonido de la campanilla de la troika delantera, que nos llegaba con toda claridad a través del viento, era extraordinariamente bello: puro, sonoro, grave y un poco trémulo. Según me enteré después, era costumbre entre los cazadores llevar tres campanillas: una grande en el centro, con un sonido melodioso, por decirlo así, y dos pequeñitas, que sonaban en terceras. El sonido de esa tercera y de la quinta tintineante, que resonaba en el aire, era realmente asombroso y bello en esa estepa desierta y perdida.

—El correo va volando —dijo mi cochero, cuando la primera de las tres troikas se emparejó con nosotros—. ¿Cómo está el camino? ¿Se puede pasar? —le gritó al último de los cocheros; pero aquél siguió dando voces a sus caballos y no le respondió.

El sonido de las campanillas se perdió en el viento en cuanto el correo nos dejó atrás.

Mi cochero debió de sentirse avergonzado.

—¡Vamos, pues, señorito! —me dijo—, esas gentes acaban de pasar, sus huellas están todavía frescas.


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