La tormenta de nieve
La tormenta de nieve La tempestad era cada vez más fuerte y la nieve caÃa seca y menuda; tuve la sensación de que comenzaba a helar: acusaba mucho más el frÃo en la nariz y en las mejillas, con mayor frecuencia sentÃa correr por debajo de mi grueso abrigo de piel una corriente de aire helado y tenÃa la necesidad de arroparme. De cuando en cuando, el trineo chocaba ligeramente contra una dura capa de hielo de la que el viento habÃa barrido la nieve. Llevaba recorridas más de quinientas verstas sin haber hecho noche en ningún sitio, de modo que aunque me interesaba vivamente la manera en que saldrÃamos de aquel atolladero, los ojos se me cerraban y cabeceaba. En una ocasión, al abrir los ojos, me sorprendió lo que en un primer momento me pareció una luz brillante que iluminaba la blanca llanura: el horizonte se ensanchó notablemente, el cielo negro y bajo de pronto desapareció, alrededor sólo se veÃan las blancas rayas oblicuas de la nieve que caÃa; las siluetas de las troikas que iban delante se distinguÃan con mayor claridad, y cuando levanté la vista al cielo, tuve la impresión de que las nubes se habÃan disipado y que sólo la nieve que caÃa ocultaba la bóveda celeste. Mientras estuve dormitando, habÃa salido la luna y proyectaba su luz frÃa y brillante a través de las nubes poco tupidas y de la nieve que caÃa. Lo que veÃa con claridad era mi trineo, los caballos, al cochero y las tres troikas que iban delante de nosotros: la primera, la de correos, en cuyo pescante seguÃa sentado un cochero que azuzaba a los caballos para que fueran a trote ligero; la segunda, en la que, tras haber soltado las riendas y haber hecho de sus zamarras un abrigadero, viajaban dos personas fumando constantemente una pipa, lo que podÃa deducirse por las frecuentes chispas que saltaban desde allÃ; y la tercera, en la que no se veÃa a nadie y donde, probablemente, el cochero se habÃa acomodado en el centro y dormÃa. El que iba a la cabeza, sin embargo —y asà lo vi al despertar—, de vez en cuando detenÃa a los caballos y bajaba a buscar el camino. En esos momentos, mientras no estábamos en movimiento, se oÃa con mucha mayor fuerza el rugido del viento y se veÃa la asombrosa cantidad de nieve que revoloteaba por el aire. Yo alcanzaba a distinguir, a la luz de la luna velada por la tormenta, la figura poco alta del cochero que, con el látigo en la mano, tanteaba la nieve que tenÃa enfrente. Iba de un lado a otro en la luminosa neblina, luego volvÃa de nuevo al trineo, de un salto se introducÃa en el pescante, y de nuevo se oÃa, en medio del monótono silbido del viento, su hábil y sonoro grito y el tintineo de las campanillas. Cuando el cochero que iba al frente saltaba del trineo intentando localizar indicios del camino o algún almiar, siempre se dejaba oÃr, desde el segundo trineo, la voz animada y segura de uno de los cocheros, que le gritaba:
