La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

IV

La tempestad era cada vez más fuerte y la nieve caía seca y menuda; tuve la sensación de que comenzaba a helar: acusaba mucho más el frío en la nariz y en las mejillas, con mayor frecuencia sentía correr por debajo de mi grueso abrigo de piel una corriente de aire helado y tenía la necesidad de arroparme. De cuando en cuando, el trineo chocaba ligeramente contra una dura capa de hielo de la que el viento había barrido la nieve. Llevaba recorridas más de quinientas verstas sin haber hecho noche en ningún sitio, de modo que aunque me interesaba vivamente la manera en que saldríamos de aquel atolladero, los ojos se me cerraban y cabeceaba. En una ocasión, al abrir los ojos, me sorprendió lo que en un primer momento me pareció una luz brillante que iluminaba la blanca llanura: el horizonte se ensanchó notablemente, el cielo negro y bajo de pronto desapareció, alrededor sólo se veían las blancas rayas oblicuas de la nieve que caía; las siluetas de las troikas que iban delante se distinguían con mayor claridad, y cuando levanté la vista al cielo, tuve la impresión de que las nubes se habían disipado y que sólo la nieve que caía ocultaba la bóveda celeste. Mientras estuve dormitando, había salido la luna y proyectaba su luz fría y brillante a través de las nubes poco tupidas y de la nieve que caía. Lo que veía con claridad era mi trineo, los caballos, al cochero y las tres troikas que iban delante de nosotros: la primera, la de correos, en cuyo pescante seguía sentado un cochero que azuzaba a los caballos para que fueran a trote ligero; la segunda, en la que, tras haber soltado las riendas y haber hecho de sus zamarras un abrigadero, viajaban dos personas fumando constantemente una pipa, lo que podía deducirse por las frecuentes chispas que saltaban desde allí; y la tercera, en la que no se veía a nadie y donde, probablemente, el cochero se había acomodado en el centro y dormía. El que iba a la cabeza, sin embargo —y así lo vi al despertar—, de vez en cuando detenía a los caballos y bajaba a buscar el camino. En esos momentos, mientras no estábamos en movimiento, se oía con mucha mayor fuerza el rugido del viento y se veía la asombrosa cantidad de nieve que revoloteaba por el aire. Yo alcanzaba a distinguir, a la luz de la luna velada por la tormenta, la figura poco alta del cochero que, con el látigo en la mano, tanteaba la nieve que tenía enfrente. Iba de un lado a otro en la luminosa neblina, luego volvía de nuevo al trineo, de un salto se introducía en el pescante, y de nuevo se oía, en medio del monótono silbido del viento, su hábil y sonoro grito y el tintineo de las campanillas. Cuando el cochero que iba al frente saltaba del trineo intentando localizar indicios del camino o algún almiar, siempre se dejaba oír, desde el segundo trineo, la voz animada y segura de uno de los cocheros, que le gritaba:


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