La tormenta de nieve
La tormenta de nieve Ya era, creo, cerca de la medianoche cuando el viejecillo y Vasili, tras haber dado alcance a los caballos que habÃan escapado, volvieron. HabÃan recuperado los caballos y luego nos habÃan encontrado y alcanzado a nosotros; pero cómo lo lograron en medio de aquella oscura y cerrada tormenta, en plena estepa desnuda, es algo que siempre será un misterio para mÃ. El viejecillo, agitando los codos y las piernas, cabalgaba al trote sobre el caballo central —los otros dos estaban atados a la collera: cuando hay tormenta, no se puede dejar sueltos a los caballos—. Emparejándose con nosotros, de nuevo se puso a insultar a mi cochero:
—¡Vaya con el diablo bizco éste! De veras que…
—¡Eh, tÃo MÃtrich! —gritó el contador de cuentos desde el segundo trineo—, ¿estás vivo? ¡Vente para acá!
Pero el anciano no le respondió y siguió blasfemando. Cuando consideró que ya habÃa sido suficiente, se acercó al segundo trineo.
—¿Los has pescado a todos? —le preguntaron.
—¡No iba yo a pescarlos!
