La tormenta de nieve

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VI

Las imágenes y los recuerdos se intercambiaban en mi imaginación con una rapidez creciente.

«Ese campesino, el consejero, el que no ha dejado de gritar desde el segundo trineo, ¿cómo será? Seguramente pelirrojo, robusto, de piernas cortas —pienso— como Fiódor Filípich, nuestro viejo lacayo, el que servía en el comedor». Y en ese momento veo la escalera de la casa grande y a cinco criados que, sobre unos trapos y dando unos pesados pasos, transportan el piano desde una de las alas de nuestra residencia; veo a Fiódor Filípich, con las mangas de su librea de nanquín remangadas, llevando un pedal; lo veo adelantarse, abrir los pestillos, tirar del pomo de una puerta, empujar otra, meterse entre las piernas, molestar a todo el mundo y gritar incesantemente con voz preocupada:

—¡Eh, los de delante, los de delante, más hacia vosotros! Así, así, con la cola hacia arriba, arriba digo, ¡que pase por la puerta! Así, muy bien.

—Pero por favor, Fiódor Filípich, déjenos a nosotros —observa tímido el jardinero, pegado al barandal, rojo a más no poder por el esfuerzo y sosteniendo con el último aliento uno de los extremos del piano.

Pero Fiódor Filípich no se amilana.


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