La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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VII

—¡Suba, por favor, ya está todo listo! —me gritó Alioshka desde el primer trineo.

La tormenta era tan fuerte que yo, a duras penas, completamente encorvado y sujetando con ambas manos los faldones de mi capote, pude, sobre la nieve blanda que el viento barría de debajo de mis pies, dar esos cuantos pasos que me separaban de mi trineo. Mi antiguo cochero ya estaba de rodillas en el centro del trineo vacío pero, al verme, se quitó su enorme gorra permitiendo al viento revolverle con furia los cabellos y me pidió una propina. Seguramente no esperaba que se la diera, porque mi negativa no le produjo la menor aflicción. Me dio las gracias y, mientras se ponía la gorra, me dijo: «Que Dios lo ampare, señorito…», y tirando de las riendas y chasqueando la lengua se alejó de nosotros. Después de eso, también Ignashka enderezó la espalda y dio voces a los caballos. Una vez más, el sonido de los cascos al resquebrajar la nieve, los gritos de los cocheros y la campanilla sustituyeron al ulular del viento, que se había oído con particular fuerza mientras estuvimos detenidos.




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