La tormenta de nieve

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VIII

«¿Será posible que me esté congelando? —pensaba en mi entresueño—, dicen que cuando alguien se congela, lo primero que siente son muchas ganas de dormir. Antes que congelarme, preferiría ahogarme y que me sacaran con una red; aunque, en realidad, lo mismo me da ahogarme que congelarme, con tal de que no se me siga clavando en la espalda este palo y pueda yo dormir».

«¿En qué terminará todo esto? —pienso de pronto y, abriendo los ojos un instante, miro la blanca extensión que me rodea—. ¿En qué terminará? Si no encontramos un almiar y los caballos se niegan a seguir, que creo que es lo que pronto sucederá, nos congelaremos». Debo confesar que, pese al poco miedo que sentía, el deseo de que nos sucediera algo extraordinario, quizá un poco trágico incluso, era en mí más fuerte que este pequeño temor. Parecía gustarme la idea de que, a la mañana siguiente, los caballos nos depositaran medio ateridos en alguna aldea lejana y desconocida, más aún, que varios de nosotros estuviésemos ya completamente ateridos. Y pensamientos de este tipo eran los que me llegaban y se sucedían con una rapidez y una claridad asombrosa.



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