La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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Me quedé profundamente dormido. Cuando Alioshka, zarandeándome con un pie, me despertó y abrí los ojos, ya era de día. Parecía que hiciera más frío que por la noche. No nevaba: pero el viento fuerte y seco seguía cubriendo el campo de nieve en polvo, que se acumulaba sobre todo bajo las pezuñas de los caballos y los patines del trineo. El cielo, a la derecha, en el oriente, era pesado, de un color azul oscuro, pero unas vetas sesgadas de un naranja muy vivo se marcaban cada vez más en él. Sobre nuestras cabezas, más allá de unos nubarrones blancos, apenas coloreados, que se movían con rapidez, se distinguía el pálido azul: a la izquierda, las nubes eran claras, ligeras y cambiantes. El campo alrededor, hasta donde la vista alcanzaba, estaba cubierto de una nieve blanca, profunda, acumulada en varias capas. Aquí y allá se veía algún montículo que griseaba, por el cual pasaba, obstinado, un polvo de nieve seco y menudo. No se veía una sola huella: por allí no parecía haber pasado ni un trineo, ni una persona, ni un animal. El contorno y los colores de la espalda del cochero y los caballos se distinguían bien claros y definidos incluso sobre el fondo blanco… La cinta de la gorra azul oscuro de Ignashka, el cuello de su abrigo, sus cabellos e incluso las botas estaban completamente blancos. El trineo iba ya totalmente cubierto de nieve. La parte derecha de la cabeza y la cerviz del caballo rucio que iba en el centro estaban cubiertos de nieve; mi caballo de refuerzo tenía las patas hundidas en la nieve hasta la rodilla, y la sudorosa y ahora encrespada grupa tenía el flanco derecho tapizado de nieve. La borla brincaba al compás de cualquier motivo que yo quisiera imaginar y el caballo de refuerzo seguía corriendo, pero por el vientre hundido que se ensanchaba y se encogía con frecuencia y por las orejas gachas, se veía que estaba extenuado. Un solo objeto nuevo me llamaba la atención: un poste que indicaba las verstas; desde lo alto del poste la nieve caía revoloteando hasta el suelo. El viento había formado un cerito de nieve cerca de su lateral derecho y seguía soplando con fuerza y desplazando a los inquietos copos de un lado al otro. Me sorprendió terriblemente que hubiésemos viajado toda la noche, por espacio de doce horas, con los mismos caballos, sin saber adónde y sin detenernos en ninguna parte y que, pese a todo, como quiera que fuese, hubiésemos llegado. Nuestra campanilla parecía sonar con un júbilo mayor. Ignat se arropaba y seguía dando voces de vez en cuando; detrás resoplaban los caballos y tintineaban las campanillas de las troikas del viejecillo y del consejero; pero el que dormía se había separado definitivamente de nosotros en algún lugar de la estepa. Tras recorrer media versta, nos topamos con las huellas recientes, apenas cubiertas por una fina capa de nieve, de un trineo y una troika, y vimos unas cuantas manchas rosadas de sangre de algún caballo que seguramente se había lastimado.


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