La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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XI

No era morena, enjuta y de nariz recta como yo me había figurado, a juzgar por sus cabellos y su complexión. Era una cara redonda, jovial, absolutamente chata, con una boca grande y unos redondos ojos claros, vivamente azules. Tenía las mejillas y el cuello rojos, como si se los hubiesen acabado de frotar con un paño; las cejas, las largas pestañas y el boz que cubría de manera uniforme la parte baja de la cara estaban tapados por la nieve y completamente blancos. Para llegar a la estación ya sólo faltaba media versta, así que nos detuvimos.

—Pero no nos demoremos —pedí.

—Sólo un momento —respondió Ignashka, saltando del pescante y acercándose a Filip.

—Dámelo, hermano —dijo mientras se quitaba de la mano derecha la manopla con el látigo y los dejaba caer sobre la nieve. Luego, echando la cabeza hacia atrás, de un trago se bebió el vasito de vodka que le estaban ofreciendo.

El tabernero, seguramente un cosaco retirado, cruzó el umbral con la botella en la mano.

—¿A quién le sirvo?


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