La tormenta de nieve

La tormenta de nieve

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—¡Dios Todopoderoso! ¡Qué vendaval! Ya no veo ni el camino, no puedo ya ni abrir los ojos… ¡Dios Todopoderoso! —gruñó el cochero.

No habíamos viajado ni un cuarto de hora, cuando mi cochero, frenando a los caballos, le entregó las riendas a Alioshka. Torpemente libró las piernas del asiento y, haciendo crujir la nieve bajo sus grandes botas, fue a buscar el camino.

—¿Qué pasa? ¿Adónde vas? ¿Nos hemos extraviado? —pregunté, pero el cochero no me respondió y, volviendo la cara para protegerse del viento que le azotaba los ojos, se alejó del trineo.

—¿Y bien? ¿Lo has encontrado? —pregunté de nuevo cuando regresó.

—Nada de nada —me dijo de pronto con enojo e impaciencia, como si yo fuera el culpable de que él se hubiese desviado del camino y, nuevamente sin apresurarse, metió sus largas piernas en la parte delantera del trineo y se puso a desenredar las riendas con sus gruesas manoplas escarchadas.

—¿Y qué vamos a hacer? —pregunté cuando de nuevo nos pusimos en marcha.

—¿Y qué podemos hacer? Seguir adonde Dios nos lleve.

Y continuamos con ese mismo trote lento, ya evidentemente campo a través, a veces sobre una nieve profunda y porosa y a veces sobre un hielo puro y quebradizo.


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