Resurrección
Resurrección Nejliúdov se detuvo en casa de sus tías, porque la finca estaba cerca de donde tenía que pasar para incorporarse a su regimiento; también porque le habían invitado con insistencia, pero sobre todo, había venido para ver a Katiusha. Tal vez, en el fondo de su alma, acumulaba ya malos deseos respecto a Katiusha que le susurraba el hombre desenfrenado, el animal que ahora llevaba dentro, aunque no reconociese estas intenciones. Quería, aparentemente, estar en los mismos lugares donde le había ido tan bien, y ver a las tías, un poco ridículas, pero amables y buenas, que siempre le rodeaban de una atmósfera de cariño y admiración, y ver a la linda Katiusha, de quien tenía tan buen recuerdo.
Llego a fines de marzo, el Viernes Santo, en pleno deshielo y bajo una lluvia torrencial; calado hasta los huesos y aterido, pero lleno de vitalidad y excitado, como se sentía siempre en aquella época. «¿Estará con ellas todavía?», pensaba al entrar en el conocido patio de sus tías —lleno de la nieve caída del tejado de la antigua casa señorial—, rodeado de una tapia de ladrillos. Esperaba que le saliera ella al encuentro al oír los cascabeles, pero en la puerta de servicio aparecieron dos mujeres descalzas con unos cubos —por lo visto estaban fregando los suelos—. Tampoco estaba en la puerta principal, únicamente salió Tijón, el lacayo, con un delantal, probablemente ocupado también de la limpieza.
