Resurrección
Resurrección Al volver de la iglesia, Nejliúdov se despidió de sus tÃas y, para reanimarse, bebió vodka y vino —según costumbre adquirida en el ejército—, y se fue a su habitación. Sin quitarse la ropa, se quedó dormido. Le despertaron unos golpes en la puerta. Por los golpes reconoció que era ella, se incorporó restregándose los ojos y estirándose.
—¿Eres tú, Katiusha? Entra —dijo, mientras se levantaba.
Ella entreabrió la puerta.
—Le llaman para comer —dijo.
Llevaba el mismo vestido blanco, pero sin el lacito en el pelo. Al mirarle a los ojos, resplandeció como si le anunciara algo extraordinario.
—Ahora voy —respondió, cogiendo un peine para desenredar sus cabellos.
Permaneció allà un momento más. Él se dio cuenta y, tirando el peine, se acercó a ella. Pero en aquel instante ella se volvió con rapidez y se fue con sus habituales pasos ligeros y rápidos por la esterilla del pasillo.
«¡Qué tonto soy! —se dijo Nejliúdov—. ¿Por qué no la habré retenido?»
A toda prisa la alcanzó en el pasillo.
