Resurrección

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La obsesión de Tolstoi por la unidad —tanto en el plano de la creación literaria en general como en la narración novelística en particular, por un lado, y en el campo del pensamiento filosófico y de la armonización de las certezas de tipo espiritual, por otra— estaba irremediablemente condicionada por la diversidad que él mismo representaba. Su origen, su medio social, su inquietud, el largo y hondo trabajo de investigación y creación prosística, sus incursiones —verdaderamente exploradoras, con independencia de los resultados— en el terreno de la pedagogía, sus averiguaciones sobre las condiciones de reforma social —también al margen de lo que dieran de sí en los años inmediatos—, su creciente y nunca extinto magnetismo, le convirtieron muy pronto, como le había sucedido a Pushkin en el concreto ámbito de las letras rusas, en el primer y singular fruto de la diferencia. Todas las teorías, como la que postula la coexistencia de dos personalidades antagónicas en un Tolstoi bicéfalo, o la que se ha esforzado en oponer a Tolstoi y Dostoievski a lo largo del tiempo, deben tamizarse por este factor ineludible de su realidad como escritor y como hombre, y por consiguiente como figura pública de amplísimo espectro. Su lucha por la unidad es la encarnación del principio mismo de la diversidad, y todas sus contradicciones no son más que apuntes, atisbos, llamadas de atención hacia la complejidad, la hondura y la calidad de uno de los prosistas más intensos y de uno de los espíritus más productivos de la cultura rusa de todos los tiempos.


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