Resurrección

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Nejliúdov subió la escalera, atravesó la enorme y suntuosa sala, que le era tan conocida, y entró en el comedor. En torno a la mesa se encontraba toda la familia, a excepción de la madre, la princesa Sofía Vasílievna, que no salía nunca de su gabinete. El extremo de la mesa lo ocupaba el viejo Korchaguin; a su lado, a la izquierda, se encontraba el doctor; a la derecha, su invitado Iván Ivánovich Kolosov, antiguo gobernador de la provincia. A continuación, a la izquierda, miss Reder, la institutriz de la hermana pequeña de Missy, y la misma niña de cuatro años; a la derecha, enfrente, el hermano de Missy, único varón de los Korchaguin, que estudiaba sexto de bachillerato, Pietia —por quien toda la familia se quedó en la ciudad en espera de sus exámenes—, y un estudiante, que era su preceptor. Luego, a la izquierda, la eslavófila Katerina Alexéieva, una solterona de cuarenta años, y, enfrente, Mijaíl Serguéievich o Misha Teleguin, primo de Missy. Al otro extremo de la mesa la propia Missy y a su lado un cubierto dispuesto.

—¡Ah! Muy bien. Siéntese, todavía estamos con el pescado —dijo el viejo Korchaguin con dificultad mientras masticaba cuidadosamente con la dentadura postiza, levantando hacia Nejliúdov los ojos inyectados de sangre, de párpados invisibles—. ¡Stepán! —se dirigió con la boca llena al mayordomo gordo de aire majestuoso, y le indicó con la vista el cubierto preparado.


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