Resurrección

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Recordó vivamente el momento en que la alcanzó en el pasillo, le deslizó el billete y echó a correr. «¡Ay, ese dinero! —recordaba ese instante con el mismo horror y repulsión que entonces—. ¡Ay, ay! ¡Qué vileza!, lo mismo que entonces —se decía en voz baja—. ¡Sólo un canalla, un miserable, podía hacer eso! ¡Y yo soy ese canalla y ese miserable! —exclamó en voz alta—. Pero ¿es posible que realmente sea yo —dejó de pasear—, es posible que sea realmente un perfecto miserable? Y si no ¿quién soy? —se preguntó—. Pero ¿acaso eso es todo? —continuaba dándose pruebas de su culpabilidad—. ¿Acaso no es un horror, una bajeza mi relación con María Vasílievna y su marido? ¿Y mi actitud respecto a la herencia? Con el pretexto de que el dinero era de mi madre, disfruto de la riqueza que considero ilegal. Toda mi vida está vacía, es despreciable. Y la coronación de todo ha sido mi proceder con Katiusha. ¡Soy un canalla y un miserable! Que piensen y me juzguen como quieran los hombres; a ellos les puedo engañar, pero no me engañaré a mí mismo.»

De pronto comprendió que la repulsión que sentía en la última temporada, y sobre todo aquel día, hacia el príncipe, Sofía Vasílievna, Missy y Korniéi no era más que la repulsión hacia sí mismo. Y, cosa extraña, en ese sentimiento de reconocer su infamia había algo doloroso y al mismo tiempo alegre y tranquilizador.


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