Resurrección
Resurrección «Condenada a trabajos forzados», pensó Máslova con horror, mientras se restregaba los ojos y aspiraba contra su voluntad el aire tremendamente fétido de la madrugada, y sintió deseos de volver a dormirse para entrar en el dominio de la inconsciencia, pero la costumbre del terror venció al sueño. Se levantó, encogió las piernas y se puso a observar. Las mujeres ya se habían levantado, sólo los niños dormían aún. La vendedora ilegal de los ojos saltones trataba de sacar con cuidado el guardapolvo sobre el cual estaban acostados los niños, para no despertarlos. La mujer que se había rebelado contra las autoridades tendía junto a la estufa unos trapos, que servían de pañales, mientras su hijo se deshacía en lágrimas en brazos de Fedosia, la de los ojos azules, que le acunaba y le cantaba con voz agradable. La tuberculosa, con ambas manos en el pecho, la cara inyectada de sangre, tosía, gemía y a intervalos casi gritaba. La pelirroja acababa de despertarse, permanecía tumbada de espaldas con sus piernas gruesas encogidas, y contaba en voz alta y alegre el sueño que había tenido. La viejecita incendiaria estaba de nuevo ante el icono y susurraba las mismas palabras, se santiguaba y hacía reverencias. La hija del diácono, sentada inmóvil en su catre, miraba de frente con ojos inexpresivos. Joroshavka se rizaba los grasientos cabellos negros enrollándolos en un dedo.