Resurrección

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XLVIII

El carcelero que había traído a Máslova se sentó en el alféizar de la ventana, alejado de la mesa. A Nejliúdov se le presentaba el momento decisivo. No dejaba de reprocharse el no haberle dicho lo más importante en aquella primera entrevista; que estaba dispuesto a casarse con ella, y ahora decidió decírselo. Permanecía sentada en un extremo de la mesa, Nejliúdov se sentó en el otro, frente a ella. En la habitación había mucha luz, y por primera vez Nejliúdov vio con precisión su cara: las arrugas en torno a los ojos y los labios, y los párpados hinchados. Y sintió por ella más lástima aún que al principio.

Apoyado en la mesa, de tal forma que no pudiera ser oído por el carcelero —un hombre de tipo hebreo, con patillas canosas—, que estaba sentado junto a la ventana, se dirigió a la muchacha, y dijo:

—Si no da resultado esta instancia, entonces elevaremos una petición de gracia al emperador. Haremos todo lo que sea posible.

—El caso es que si hubiera tenido un buen abogado… —le interrumpió—. Porque mi defensor era tonto de remate. No hacía más que decirme piropos —exclamó y se echó a reír—. Si hubieran sabido entonces que le conozco a usted las cosas hubieran ido de otra forma. ¿Sabe por qué? Todos creen que soy una ladrona.


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