Resurrección
Resurrección Mientras Máslova, agotada por la larga caminata, se acercaba al edificio del Palacio de Justicia, escoltada por los soldados, el sobrino de sus antiguas señoras, el príncipe Dimitri Ivánovich Nejliúdov, que la había seducido, permanecía todavía acostado sobre el colchón de plumas de su alta cama de muelles. Tenía desabrochado el cuello del camisón limpio, de hilo de Holanda, con plieguecitos bien planchados, y fumaba un cigarrillo. Con los ojos fijos en un punto, pensaba en lo que tenía que hacer aquel día, y en lo que había hecho la víspera.
Al recordar la velada de la noche anterior en casa de los Korchaguin —una familia rica y famosa, con cuya hija esperaban que se casase—, suspiró, tiró la punta del cigarrillo y quiso sacar otro de la pitillera de plata. Pero, cambiando de idea, bajó de la cama los pies blancos y finos, buscó con ellos las zapatillas, se echó sobre los anchos hombros una bata de seda y dirigió con paso rápido y pesado al tocador, contiguo al dormitorio, donde olía a elixir, agua de colonia, fijador y perfume. Allí, con unos polvos especiales se limpió los dientes —tenía varios empastados— y se enjuagó la boca con elixir aromático.
