Resurrección
Resurrección Por una puerta interior, con paso nervioso, entró Vera Efrémova, pequeña, el pelo corto, delgada, amarilla y con sus ojos enormes y bondadosos.
—Gracias por haber venido —dijo estrechando la mano de Nejliúdov—. ¿Me ha recordado? Sentémonos.
—No pensaba encontrarla en esta situación.
—¡Ah! Estoy de maravilla. Tan bien, tan bien, que no deseo nada mejor —decÃa Vera Efrémova, como siempre, mirando asustada a Nejliúdov con ojos enormes, bondadosos y redondos, y moviendo a un lado y a otro su cuello delgadÃsimo, amarillo y musculoso, que salÃa del escote de la blusa lamentablemente, arrugado y sucio.
Nejliúdov empezó a preguntarle cómo habÃa ido a parar a esa situación. Contestándole, se puso a explicarle su asunto con gran viveza. Su conversación estaba salpicada de palabras extranjeras sobre la propaganda, la desorganización, los grupos, secciones y subsecciones, que ella estaba segura de que todo el mundo conocÃa, y de las que Nejliúdov no habÃa oÃdo hablar nunca.
