Resurrección

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VI

Golpeándose otra vez la cabeza con ambas puertas, la de la isbá y la del zaguán, Nejliúdov salió a la calle. Los niños de las camisas blanca y rosa le estaban esperando. Todavía se acercaron otros cuantos más. También le aguardaban unas cuantas mujeres con criaturas de pecho, y aquella mujer delgada que sostenía fácilmente en el brazo al niño anémico de la mantilla de piezas. El niño no cesaba de sonreír de un modo extraño con su carita de viejo y movía sin cesar sus dedos grandes y torcidos. Nejliúdov sabía que era la sonrisa del sufrimiento. Preguntó quién era aquella mujer.

—Es Anisia, de la que te he hablado —respondió el mayor.

Nejliúdov se acercó a Anisia.

—¿Cómo vives? —le preguntó—. ¿Cómo te alimentas?

—¿Cómo vivo? De limosna —respondió Anisia y se echó a llorar.

El niño con cara de viejecito se fundió en una gran sonrisa, moviendo sus delgadas piernecitas como gusanos.


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