Resurrección

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Tan pronto como se enteraron de que el señor daba dinero a quienes le pedían, multitud de gentes, especialmente mujeres, empezaron a acudir a él de todos los contornos, pidiéndole ayuda. No sabía cómo hacer con ellos, en qué basarse para decidir las peticiones, ni cuánto dar a cada uno. Se daba cuenta de que no podía negarles dinero a los que iban a pedirle y eran indudablemente pobres. Pero dar por las buenas a los que pedían no tenía sentido. El único remedio para salir de esa situación era marcharse de allí. Eso fue lo que se apresuró a hacer.

El último día de su estancia en Pánovo, Nejliúdov fue a casa y se dedicó a seleccionar las cosas que habían quedado allí. Mientras iba seleccionando, encontró —en el cajón inferior de una vieja cómoda de caoba, panzuda, con anillas de bronce que imitaban cabezas de león— muchas cartas, y entre éstas, una fotografía de un grupo: Sofía Ivánovna, María Ivánovna, él, de estudiante, y Katiusha, pura, lozana, bonita y contenta de la vida. De todos los objetos que había en la casa, Nejliúdov sólo cogió las cartas y esa fotografía. Todo lo demás se lo dio al molinero, que había comprado la casa de Pánovo con todos sus muebles —por mediación del sonriente administrador— por la décima parte de lo que valía.


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