Resurrección
Resurrección Con sesenta años cumplidos, Tolstoi llega a 1889 sin ser ya el mismo autor de Guerra y paz o de Anna Karénina. Ese año comienza a redactar el primero de muchos borradores destinados a contar la tormentosa historia del príncipe Nejliúdov y su antigua criada Katia Máslova, para lo que necesitaría varias versiones y todo un decenio hasta dar con la versión definitiva de Resurrección (1899). Toda la actividad social del escritor —diversificada hasta entonces en la pública denuncia de la injusticia, la búsqueda de una nueva pedagogía y la inquietud por la fractura entre la emergente cultura urbana y la dominante tradición rural en Rusia— reflejará con precisión durante esos diez años su más honda preocupación espiritual, entendida como sinónimo de humana. Tolstoi ya no es el mismo cuando decide escribir Resurrección y esta constatación, tan próxima a la lógica y sin embargo tan insistentemente subrayada por la crítica cuando se refiere al autor de La muerte de Iván Ílich, lleva implícita la no menos importante evidencia de que cuando terminó de escribir la que se considera como «la última de sus tres grandes novelas» —dejando de lado que entre su obra posterior figura incluso Hadjí Murat—, tampoco era ya el mismo. En otras palabras, Resurrección, como su autor, es también —entre otras muchas virtudes que la convierten en una de las obras maestras de la literatura universal— la demostración de que ni siquiera el lector es ya el mismo cuando termina de leer un libro, aunque para dotar de pleno sentido a la conocida afirmación haga falta que la obra, como las palabras sobre las que se ha generado, sea un sistema lleno de contenido o, cambiando de proveedor de imágenes, que esté dominado por el espíritu de la narración.
