Resurrección

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XXIV

Al salir del Tribunal Supremo, Nejliúdov y el abogado fueron andando juntos un largo trecho. El abogado ordenó al cochero que les siguiera y empezó a contarle a Nejliúdov la historia de aquel director de departamento ministerial del que hablaban los magistrados, de cómo le habían dado pruebas de su capacidad y cómo, en lugar de mandarle a trabajos forzados, le habían nombrado gobernador en Siberia. Después de relatar toda la historia y todo lo que tenía de repugnante, contó con verdadero placer que varios señores muy dignos habían robado el dinero reunido para terminar el monumento inacabado ante el cual habían pasado aquella mañana, y también que la amante de Fulano había ganado varios millones en la Bolsa, que Mengano había vendido a su mujer y que Zutano la había comprado. El abogado comenzó una nueva relación sobre estafas y toda clase de delitos cometidos por algunos altos cargos del Gobierno, que en vez de estar en la cárcel ocupaban sillones presidenciales en distintas instituciones. Estos relatos, cuya reserva, por lo visto, era inagotable, suponían un gran placer para el abogado porque evidenciaban que los medios que empleaba para ganar dinero eran completamente justos y limpios, en comparación con los sistemas que empleaban los altos cargos de San Petersburgo. Y por eso el abogado se sorprendió mucho cuando Nejliúdov —sin terminar de escuchar su última historia sobre los delitos de los altos funcionarios— se despidió, alquiló un coche y se fue a su casa.


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