Resurrección
Resurrección Nejliúdov se hubiera marchado aquel mismo dÃa por la noche, pero habÃa prometido a Mariette que irÃa a su palco del teatro. Y aunque sabÃa que no debÃa hacerlo, asà y todo, en contra de su conciencia, fue. Consideraba que era su deber, porque habÃa empeñado su palabra.
«¿Puedo resistir a esas tentaciones? —pensaba sin mucha sinceridad—. Voy a probar por última vez.»
Vestido de frac, llegó al segundo acto de la eterna Damme aux camélias,[92] en la que una actriz, venida del extranjero, mostraba de un modo nuevo cómo mueren las mujeres tuberculosas.
El teatro estaba lleno, y a Nejliúdov le indicaron enseguida con respeto dónde se encontraba el palco de Mariette.
En el pasillo permanecÃa un lacayo de librea, le saludó como a un conocido y le abrió la puerta.
En los palcos de enfrente, con gente sentada y en pie, y en el patio de butacas, se veÃan espaldas, cabezas canas y medio canas, calvas y de cabellos rizados y untados, todos contemplando absortos a la delgada actriz, muy elegante, envuelta en sedas y encajes, afectada y con voz falsa, que interpretaba su monólogo. Alguien chistó al abrirse la puerta y una corriente de aire frÃo y otra de tibio cruzaron la cara de Nejliúdov.
