Resurrección

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XXVIII

Nejliúdov se hubiera marchado aquel mismo día por la noche, pero había prometido a Mariette que iría a su palco del teatro. Y aunque sabía que no debía hacerlo, así y todo, en contra de su conciencia, fue. Consideraba que era su deber, porque había empeñado su palabra.

«¿Puedo resistir a esas tentaciones? —pensaba sin mucha sinceridad—. Voy a probar por última vez.»

Vestido de frac, llegó al segundo acto de la eterna Damme aux camélias,[92] en la que una actriz, venida del extranjero, mostraba de un modo nuevo cómo mueren las mujeres tuberculosas.

El teatro estaba lleno, y a Nejliúdov le indicaron enseguida con respeto dónde se encontraba el palco de Mariette.

En el pasillo permanecía un lacayo de librea, le saludó como a un conocido y le abrió la puerta.

En los palcos de enfrente, con gente sentada y en pie, y en el patio de butacas, se veían espaldas, cabezas canas y medio canas, calvas y de cabellos rizados y untados, todos contemplando absortos a la delgada actriz, muy elegante, envuelta en sedas y encajes, afectada y con voz falsa, que interpretaba su monólogo. Alguien chistó al abrirse la puerta y una corriente de aire frío y otra de tibio cruzaron la cara de Nejliúdov.


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