Resurrección
Resurrección —Yo no desempeñaría mi trabajo si pensase de ese modo —dijo Ignati Nikíforovich, y se levantó.
Nejliúdov vio un brillo especial bajo las lentes de su cuñado. «¿Es posible que sean lágrimas?», pensó. Y, en efecto, eran lágrimas de ofensa. Ignati Nikíforovich se acercó a la ventana, sacó el pañuelo, tosió, se puso a limpiar las gafas y, al quitárselas, se enjugó los ojos. Al volver al diván, Ignati Nikíforovich encendió un cigarro puro y no volvió a decir nada más. Nejliúdov sintió vergüenza por haber afligido hasta tal punto a su cuñado y a su hermana, sobre todo porque al día siguiente se marchaba y no se vería más con ellos. En un estado de gran confusión, de despidió y marchó a su casa.
«Es muy posible que sea verdad lo que he dicho, al menos no ha replicado. Pero no tenía que haber hablado así. Poco he cambiado si he podido entretenerme con un sentimiento malo y ofenderle y afligir a la pobre Natasha», pensaba Nejliúdov.