Resurrección

Resurrección

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Sobre este valor catártico se han vertido ríos de tinta en los que se dibujan las más variadas opiniones (y entre ellas, felizmente, los imprescindibles análisis de los mejores críticos de todo el siglo, desde Romain Rolland hasta George Steiner, pasando por György Lukács o Isaíah Berlin), pero quizá no esté de más recordar la idea que Georges Nivat desarrolla en su prólogo a la edición francesa de la novela.[1] Recuperando la expresión de Stefan Zweig según la cual las novelas tolstoianas son curas de desilusión, Nivat explica la evolución de las versiones de la novela entre 1890 y 1899: en todas ellas Nejliúdov es el joven heredero que sirve de eje a la narración —como había sucedido en toda la obra mayor de Tolstoi— pero al final, ante la redacción definitiva, además de funcionar como protagonista acaba cediéndole su puesto al motor de su historia. Nejliúdov podría haber terminado por triunfar o fracasar, pero la ausencia de rencor, su resurrección en el nuevo producto de una realidad tan real en la novela como irreal en la vida le otorgan personalidad propia y bien singular como protagonista de un siglo que comienza sin que se haya liquidado el anterior (fenómeno que por otro lado tendrá sus consecuencias más visibles a ojos del mundo entero en la propia Rusia y durante muchos años). La mejor imaginación liberal se había puesto al servicio de una utopía demasiado necesaria.

II


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