Resurrección
Resurrección El pope llevaba ejerciendo su ministerio desde hacía cuarenta y seis años y se preparaba para dentro de tres celebrar su jubileo, como lo había celebrado recientemente el arcipreste de la capital. Estaba agregado al Palacio de Justicia desde su fundación y se enorgullecía de haber hecho prestar juramento a unas cuantas decenas de miles de personas, así como de seguir trabajando en su vejez por el bien de la Iglesia, la patria y su familia, a la que dejaría —además de una casa— un capital no inferior a treinta mil rublos en papel del Estado. Nunca se le ocurrió pensar que sus funciones en el Tribunal —hacer jurar sobre los Evangelios, que precisamente prohíben esto— fuese motivo de censura. Y no sólo no se sentía molesto, sino que le gustaba aquella ocupación que era ya una costumbre, y que con frecuencia le permitía conocer a personas de elevada categoría. Ahora le había producido alegría el haber trabado conocimiento con el célebre abogado, que le infundió gran respeto porque sólo por el asunto de la viejecita del sombrero de grandes flores recibió diez mil rublos.
Cuando todos los jurados subieron por los peldaños al estrado, el sacerdote, inclinando a un lado su cabeza canosa de incipiente calva, se puso la estola, se arregló los escasos cabellos y se dirigió a los jurados.