Resurrección

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Pero la niña, debatiéndose en los brazos del soldado para volver con su padre, continuaba llorando a lágrima viva y no quería ir con María Pávlovna.

—Espere, María Pávlovna, se vendrá conmigo —aseguró Máslova, sacando un panecillo del saco.

La niña conocía a Máslova y, al verla, y ver el panecillo, se fue con ella.

Todo quedó en silencio. Se abrieron las puertas. La columna salió fuera y se hizo la formación. Los de la escolta volvieron a hacer el recuento, colocaron y ataron los sacos e instalaron a los enfermos. Máslova, con la niña en brazos, se colocó entre las mujeres junto a Fedosia. Simonson, que observaba con gran atención lo sucedido, con pasos grandes y decididos, se acercó al oficial, que ya había terminado de dar las órdenes y que se estaba instalando en su vehículo de cuatro ruedas.

—Ha procedido usted mal, señor oficial —dijo Simonson.

—¡Vaya usted a su sitio! Eso no es asunto suyo.

—Es asunto mío decir que ha procedido mal, y se lo he dicho —concluyó Simonson, mirando fijamente al oficial con sus ojos hundidos bajo las cejas pobladas.

—¿Preparados? ¡Columna! ¡En… marcha! —gritó el oficial, sin hacer caso de Simonson y, apoyándose en el hombro del soldado que hacía de cochero, subió al vehículo.


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