Resurrección

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Por terribles y absurdos que fueran los sufrimientos a que estaban sometidos los llamados presos comunes, sus torturas antes y después del juicio tenían por lo menos una apariencia legal; en cambio, en lo que se refería a los políticos, no existía ni siquiera esa legalidad. Esto lo había comprobado Nejliúdov en el caso de Shustova y después en muchos de sus nuevos conocidos. Con estas personas procedían igual que se procede al pescar en un estanque: se saca la red a la orilla con todo lo que ha caído dentro, después se apartan los peces gordos que hacen falta, sin preocuparse de los pequeños que perecen, ahogándose en la orilla. Así, apresando a cientos de personas, no sólo inocentes, sino que ni siquiera podían ser nocivas para el Gobierno, a veces los tenían durante años en las cárceles, donde se contagiaban de tuberculosis, se volvían locos o se suicidaban. Y se los tenía encerrados solamente porque no había motivos para ponerlos en libertad, y porque al tenerlos a mano en la cárcel podían hacer falta para esclarecer algún asunto judicial en un momento dado. El destino de éstos, a menudo considerados inocentes incluso desde el punto de vista de las autoridades, dependía del capricho o el estado de ánimo del guardia, del oficial de policía, de un espía, fiscal, oficial de juzgado, gobernador o ministro. Si un funcionario se aburría o quería distinguirse, practicaba unas cuantas detenciones y, según quisiera destacarse o según en qué relaciones estaba con el ministro, desterraba al preso al fin del mundo o lo tenía incomunicado en la celda, o lo condenaba a trabajos forzados, a la pena de muerte o lo ponía en libertad si se lo pedía una dama.


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