Resurrección
Resurrección «Pero no puede ser», continuaba diciéndose Nejliúdov, y, sin embargo, ya no cabÃa ninguna duda de que era ella. Aquella misma muchachita de la que en un tiempo estuviera enamorado —precisamente enamorado— y que más tarde sedujo en un momento de locura y habÃa abandonado, y que después no habÃa recordado nunca. Porque ese recuerdo era demasiado penoso, y le acusaba claramente y demostraba que él, tan orgulloso de su rectitud, se habÃa portado con esa mujer no sólo mal, sino como un canalla.
SÃ, era ella. Ahora veÃa claramente esa particularidad misteriosa y exclusiva que existe en cada rostro y lo diferencia de otro, lo hace peculiar, único, sin repetición. A pesar de su palidez inverosÃmil, esa peculiaridad se notaba en sus facciones: en los labios, en los ojos ligeramente bizcos y, sobre todo, en la mirada ingenua y risueña y en la expresión sumisa que emanaba no sólo de su rostro, sino de toda su persona.
—Eso es lo que tenÃa usted que haber dicho —otra vez con mucha amabilidad dijo el presidente—. ¿Su patronÃmico?
—Soy… hija natural —dijo Máslova.
—Diga el nombre de su padrino.
—Mijailov.
«¿Qué ha podido hacer?», seguÃa pensando entre tanto Nejliúdov y respirando con dificultad.