La Bastarda
La Bastarda Esa noche, la violencia escala. Las dos esposas se enfrentan con machetes por culpa de la radio. La radio. Un objeto traído de Gabón que representa modernidad, voces del exterior, un futuro que no pertenece a ninguna de ellas.
Entre los gritos y la sangre, Okomo entiende: esta casa no es su hogar. Esta aldea no es su futuro. Y su linaje, ese que todos dicen que debe honrar, es solo una cadena. Una cadena que ya ha comenzado a oxidarse.
La advertencia de su abuela es clara: ―No te acerques a esas niñas. Son indecentes. Y misteriosas. Pero Okomo, movida por algo más fuerte que el miedo, desobedece.
Así llega a Dina, Pilar y Linda, tres adolescentes que, como ella, no encajan. Dina es la líder, valiente y directa. Pilar, silenciosa, carga el duelo de una madre muerta por brujería. Linda, coqueta y luminosa, es deseada por todos, ignorada por su propio padre. Las cuatro comparten un cansancio invisible: el hartazgo de ser mujeres en un mundo que las quiere calladas, fértiles, útiles.
En el bosque, lejos de las miradas, crean su espacio. Allí, rodeadas de árboles y tierra mojada, pueden hablar de lo que no se nombra. De los cuerpos que no desean a los hombres. De los besos que no dan miedo. De lo que significa querer a otra mujer.
