Historia de la revolución rusa

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CAPÍTULO XLIV

La toma de la capital

Todo cambiaba y todo seguía invariable. La revolución conmovía al país, hacía más profunda su descomposición, asustaba a unos, irritaba a otros, pero aún no se había atrevido a llegar hasta el fin, no había transformado nada. El Petersburgo imperial, más que muerto parecía sumido en un sueño letárgico. La revolución había puesto banderitas rojas en las manos de las figuras de los monumentos de hierro colado de la monarquía.

En las fachadas de los edificios gubernamentales ondeaban enormes pedazos de tela roja. Pero los palacios, los ministerios, los Estados Mayores vivían, al parecer, completamente aparte de las banderas rojas, que, por añadidura, se habían descolorido considerablemente bajo los efectos de las lluvias otoñales. Las águilas bicéfalas con el cetro y la corona habían sido retiradas, o, más frecuentemente aún, cubiertas con un trapo o disimuladas apresuradamente con una mano de pintura. Hubiérase dicho que se habían escondido. Toda la vieja Rusia se había escondido, con las mandíbulas desencajadas por la rabia.


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